Los prolegómenos de esta ruta, del sábado 13 de junio de 2026, no podían ser mejores. Cuando salió su anuncio en el chat de la sección de Marcha Nórdica MAB, Leles admitió haberlo pasado muy bien junto a Flor y Eva en su primera visita a la zona. Una zona, además, muy boscosa, lo que garantizaba una buena protección frente al sol ardiente de esta canícula anticipada.
El primer éxito de nuestras guías fue el poder de convocatoria, pues como hace dos semanas en Muro de Roda, el grupo rondaba la treintena de participantes, un poco abrigados a las 8’30 de la mañana pues refrescaba mientras bebíamos café y degustábamos la torta que es ya tradicional en este grupo.
Amig@s, adentrarse en el mundo de la Marcha Nórdica sirve de escudo o escape de la rutina diaria. Hacer deporte en paz y en un fin de semana tan prometedor no suponía alejarse del mundo y su actualidad, pues las noticias más recientes eran inmejorables; unas, las más difundidas, protagonizan por medio del deporte los campeonatos mundiales de fútbol mientras las pésimas, las que hablan de guerras, daban un giro en beneficio de una paz ansiada por todos.
Pero nosotros a lo nuestro, hacia un comienzo de excursión en fuerte pendiente en medio de un bosque cada vez más tupido. Durante toda la mañana la nota predominante fue el ascenso continuo y reposado, eso sí, por una pista nordicable al cien por cien junto a pinos que a veces subían tan altos que perdíamos detalle del final de sus copas. Quisiera reflejar de la manera más comprensible cómo me sentía entre compañer@s con quienes conversar o escuchar tan plácidamente que en el esfuerzo físico ejercido, quizá por estar bien modulado, desaparecía cualquier atisbo de cansancio y lo que percibíamos muy cerca era el mejor de los sosiegos entre el gorjeo cantarín de invisibles pájaros o el revolotear de las mariposas sobre unas florecillas violáceas preciosas.
En menos de dos horas ya superábamos los cuatrocientos metros de desnivel y el valle de Lierp se abría a nuestros pies mientras la mole del Turbón crecía haciéndose inmensa frente a nosotros. La verdad es que había que buscar huecos entre los pinos para asomarse al panorama que se abría al igual que había que evitar pisar al caminar una espesa alfombra de helechos, tan alta que parecíamos navegar entre sinuosas olas verdes que todo lo cubrían.
Es curioso cómo variaban las sensaciones de calor o frescor según se filtrasen los rayos de un sol que crecía inexorable hacia su cénit del mediodía pero a la vez quedaba oscurecido entre pinos, carrascas y los verdaderos protagonistas del paisaje, los quejigos, abundantes y propios a la altura de esta media montaña.
Una vez llegados al punto culminante de esta ruta lineal que superaba los seiscientos metros de desnivel, lo que tocaba era buscar asiento para comer un poco y celebrar alguna que otra onomástica antes de volver sobre nuestros pasos, eso sí, de forma cómoda pues era siempre en suave descenso.
Llegando a nuestro destino final, Espluga, solo quedaba conseguir la llave de la pequeña iglesia del lugar. Un templo muy restaurado y coqueto que mostraba su marcado carácter medieval en la bóveda de cañón sostenida por arcos fajones tan típicos del románico.
Y como siempre, había una sorpresa en la pausa para el refrigerio final del merendero en medio de un cajigar centenario con árboles de un porte descomunal.
La simbiosis de los montañeros con los árboles refleja una vez más, una combinación perfecta de nuestra Madre Naturaleza